“Belén se distrae y juega con los bolígrafos. Lucas molesta a sus compañeros. Joan no hace absolutamente nada. Marga va bien, pero podría rendir más. Kevin es un poco despistado. Elena tiene un nivel súper bajo. Hugo no trabaja. Alejandra está desmotivada. Antonio ha entregado el examen en blanco. Anabel interrumpe y no hace lo que tiene que hacer. Total… no me dejan dar clase”.

¿Hay alguna solución para una clase así? Sí, la hay. La clave está en la motivación. En el diccionario, cuando buscamos la palabra motivación nos dice que es mover a la acción.

La motivación es esencial para un aprendizaje sostenido y para mantener alto el nivel de trabajo del grupo clase. Para que el aprendizaje sea positivo, la motivación debe proceder de la propia tarea. Debe haber motivaciones externas y se debe añadir la aprobación del adulto. Estos son los tres factores básicos y más importantes en la práctica a efectos de motivación.

Cómo motivar a los estudiantes que no quieren hacer nada

Hoy en día, se consideran como potenciadores de la moti­vación no tanto los motivadores extrínsecos —recompensas materiales, etc.— como los motivadores intrínsecos, los que se producen por la tarea per se. Así, podemos decir que los motivadores externos pueden ser recursos complementarios para la motivación. Pero los recursos motivadores básicos dependen de lo que hacemos hacer al alumnado.

La motivación tiene que ver con la propia actividad. Sabemos que la actividad motivadora estimula al tiempo que anima a seguir con ella. Insistimos, por tanto, en que la motivación contribuye al aprendizaje y el aprendizaje contribuye a la motivación. Por lo que es necesario interesar al alumnado en lo que se está haciendo, ya que, de no ser así, no se produce el aprendizaje a largo plazo.

Es importante detenernos a pensar en realizar con el alum­nado actividades que sean por sí mismas motivadoras. Activi­dades mediante las que el alumnado, además de aprender, se divierta, ya que para aprender no hace falta sufrir. Más bien, se aprende mejor disfrutando del aprendizaje a largo plazo o del aprendizaje significativo, al tiempo que, así, controlamos la variable de la motivación en el aula.

La aprobación del adulto

La aprobación del adulto animando a los niños a continuar con su esfuerzo de aprendizaje anima a repetir la conducta en positivo. En este sentido, expresiones como «haces el trabajo muy bien», «estáis trabajando bien», «sigue así», «sois una buena clase», etc., animan al alumnado, mantienen alta la moral del grupo, hacen el ambiente más cordial y, en conse­cuencia, la motivación crece.

La aprobación del adulto es un refuerzo muy importante que anima a seguir y a producir mejor las tareas. Los refuerzos negativos respecto al rendimiento escolar o comportamiento en las aulas no son tan eficaces en la práctica para que el alum­nado se motive. Frecuentemente, ocurre lo contrario, ya que baja la moral del alumnado y de la clase y disminuye la motivación.

Reconocer y reconsiderar

Es habitual que, cuando un alumno, una alumna o todo un grupo de clase hacen el trabajo bien y tienen buen comporta­miento, no se diga nada «porque es lo que toca». Pero cuando lo hacen mal, se suele dar importancia a este hecho. Para motivar al alumnado es tan importante reconocer que las cosas se han hecho bien como señalar que no ha sido así, según sea el caso.

Cuando haya incidentes en el aula, en el sentido de que la clase no esté funcionado tan bien como otros días, será preferi­ble decir que durante ese día la clase no está funcionando. Pero hay que dejar la puerta abierta a una reconsideración, a un cambio de actitud. Por ejemplo, podemos recordar cuando sí hicieron un buen trabajo y el comportamiento fue el adecuado. Lo podemos hacer con reflexiones del tipo: «mirad qué bien hicisteis el trabajo del otro día; os ani­mo a tener buena actitud hacia el trabajo y a comportaros bien».

Para repetir una conducta, es básico reforzarla en positivo, lo que es fundamental durante la infancia y la adolescencia. Así se previene y evita la conflictividad, y se mejora el clima del aula, para que el alumnado esté ocupado en su trabajo y en el aprendizaje.

En la adolescencia, la motivación más importante es aquella que está orientada a la tarea per se. La motivación más importante para el alumnado procede de lo que se le hace hacer —o sea, depende de que lo que haga sea motivador—.

La psicología educativa y la motivación

Cuando el alumnado no puede hacer las actividades esco­lares, se frustra y se desmotiva, ya que comprueba que no es capaz de hacerlas porque no están en su campo próximo de aprendizaje. Al alumnado de necesidades educativas específicas le proponemos actividades que pueda hacer. De la misma manera, a los otros estudiantes conviene ofrecerles realizar actividades de su nivel y posibilidades de aprendizaje —no nos referimos a su nivel de curso académico, sino a su nivel de capacidad. La imposibilidad de hacerlas disminuye la motivación y el interés.

Es frecuente que haya algunos grupos que se encuentren en un nivel académico determinado, pero cuyos conocimientos y competencia curricular estén muy por deba­jo. Es evidente, pues, que solo podrán aprender de manera consistente y significativa si nos acercamos, primero, al nivel donde están para, después, ir subiéndolo.

Del mismo modo que es necesario que los trabajos tengan las características de que sea posible hacerlos, de que aumen­ten la motivación y levanten la moral del grupo, también es necesario plantear metas, tratar temas y trabajar contenidos asequibles y posibles para el alumnado.

Podemos afirmar que animar a conseguir el objetivo, decir que se está haciendo bien, indicar qué conviene hacer para mejorar, señalar dónde está el error y explicar cómo aprender de él facilita el aprendizaje y eleva la motivación.

Causas de la motivación del alumnado

Que el alumnado esté motivado depende de varias causas. En los niños y niñas de los cursos de infantil y primaria, la motivación más importante procede de la tarea que les pro­ponemos hacer y de la aprobación del adulto.

En educación secundaria, depende, básicamente, de estos dos factores: el trabajo a realizar o tarea —o sea, el producto que hacemos hacer—, y la aprobación del adulto. Pero es conveniente, en ambos casos, complementar con la motivación extrínseca —notas, recompensas…—.

En todos los niveles educativos y, muy especialmente, en educación infantil y primaria, es muy importante buscar el consenso para tener el acuerdo del grupo y acercarlos a la meta. En niveles adultos y universitarios, la motivación depende más de las notas y de la satisfacción por conseguirlas. Aunque en menor medida, también puede ba­sarse en las actividades orientadas a la tarea y en la aprobación del profesorado o de otros adultos próximos al estudiante. (Método Ballester, pág. 59-64)

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BALLESTER, Antoni (2018) Método Ballester. El aprendizaje significativo en la práctica. Libro digital. 158 páginas.
BALLESTER, Antoni (2020) Educar y aprender. Conferencias, Entrevistas, Artículos y Experiencias. (Incluye prácticas ODS. Objetivos de Desarrollo Sostenible. Agenda 2030). Libro digital. 185 páginas.